El futuro de la energía eléctrica parece estar alejándose de la exclusividad del litio para abrazar una alternativa más accesible y abundante: el sodio. El prestigioso MIT Technology Review, la publicación de vanguardia editada por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), ha posicionado a las baterías de iones de sodio como una de las 10 tecnologías más disruptivas que alcanzarán su punto de inflexión en el año 2026.

Históricamente, el litio ha sido el componente principal del almacenamiento energético gracias a su densidad de energía. Sin embargo, su escasez, las dificultades geopolíticas para su obtención y los altos costos de extracción han impulsado la búsqueda de alternativas. Las baterías de sodio surgen no solo como un reemplazo, sino como una solución técnica y económica viable. Al ser un material sumamente abundante en la naturaleza —presente, por ejemplo, en la sal común—, su costo de producción es drásticamente inferior. Además, estas unidades son intrínsecamente más seguras frente a riesgos de incendio y degradación térmica, un factor crítico para su adopción masiva.

Para México, esta evolución tecnológica tiene implicaciones profundas. Mientras el país mantiene un debate nacional sobre la soberanía y explotación de sus propios yacimientos de litio, la irrupción comercial del sodio podría cambiar las reglas del juego en la industria automotriz nacional, uno de los pilares más importantes de la economía mexicana. La posibilidad de fabricar vehículos eléctricos más asequibles gracias a las baterías de sodio podría acelerar la electrificación del transporte público y privado en las principales ciudades del territorio nacional.

No se trata solo de automóviles. La tecnología de sodio ya está comenzando a implementarse en grandes sistemas de almacenamiento para redes eléctricas. Este avance es fundamental para la transición hacia energías limpias, ya que permite capturar el excedente de energía solar o eólica para liberarlo de manera constante, garantizando la estabilidad del suministro eléctrico sin depender de plantas de combustibles fósiles.

El análisis presentado por los expertos del MIT subraya que el 2026 marcará el momento en que las líneas de producción y la infraestructura de suministro alcancen la escala necesaria para competir en el mercado global. Esta transición promete democratizar el almacenamiento de energía, marcando el inicio de una era más sostenible, eficiente y, sobre todo, menos dependiente de materiales de difícil acceso.