En la gélida cima del monte Halde, en Noruega, un pequeño edificio de piedra se mantiene como testigo silencioso del inicio de una era científica. Erigido en 1899 por el físico y explorador ártico Kristian Birkeland, este sitio se consolidó como el primer observatorio permanente de auroras boreales en el mundo, marcando el nacimiento de una disciplina que hoy, un siglo después de su cierre original, alcanza niveles tecnológicos sin precedentes.
Durante los primeros años del siglo XX, los científicos desafiaron inviernos implacables y vientos huracanados para documentar científicamente el fenómeno que, hasta entonces, solo se explicaba a través de mitos sobre espíritus y doncellas danzantes. Fue en estas instalaciones donde Noruega se ganó el título de la cuna de la investigación auroral, logrando las primeras fotografías y análisis técnicos del fenómeno. Como señalaba el escritor Erik Johan Jessen desde 1763, en tierras noruegas las luces del norte parecen haber encontrado su verdadero hogar.
La base del conocimiento moderno se la debemos a Birkeland, quien desarrolló la primera teoría sólida al respecto: las partículas cargadas provenientes del Sol interactúan con el campo magnético de la Tierra y colisionan con los átomos de la atmósfera, liberando energía en forma de luz. Dependiendo de los elementos involucrados, el cielo se tiñe de verde o rojo, colores que hoy siguen fascinando a observadores y especialistas por igual.
Aunque la investigación se trasladó a Tromsø en 1926 debido a las duras condiciones climáticas de Halde, el legado de este pionero se renueva este verano. Un nuevo y sofisticado sistema de radar en Skibotn, ubicado estratégicamente entre Tromsø y el monte original, comenzará a operar con un conjunto de 10,000 antenas. Este complejo sondeará la atmósfera superior para proporcionar datos precisos sobre la meteorología espacial.
Para México y el resto del mundo, estos avances no son un tema meramente estético o lejano. El estudio detallado de la interacción solar con la atmósfera es crucial para proteger las redes eléctricas y los sistemas de telecomunicaciones globales, los cuales pueden verse afectados por tormentas geomagnéticas de gran magnitud. Así, lo que comenzó en una atalaya de piedra hace más de un siglo, hoy es la clave para garantizar la seguridad tecnológica de nuestra civilización moderna.



