La diplomacia estadounidense ha tomado un papel protagonista en la búsqueda de una resolución para el histórico conflicto territorial en el Sáhara Occidental. En una serie de movimientos estratégicos, Washington ha servido como escenario para reuniones de alto nivel que involucran a representantes de Marruecos y el Frente Polisario, con el objetivo de destrabar un proceso político que lleva décadas en punto muerto.

De acuerdo con los reportes más recientes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), los encuentros celebrados en la capital estadounidense han sido calificados como “alentadores”. Staffan de Mistura, enviado especial de la ONU para esta región, ha destacado la disposición de las partes para dialogar bajo la mediación de la administración de Joe Biden. No obstante, el organismo internacional mantiene una postura de cautela extrema ante la complejidad del panorama.

El punto crítico, según advierte la ONU, sigue siendo la “cuestión clave de la autodeterminación” del pueblo saharaui. Mientras Marruecos defiende una propuesta de autonomía bajo su soberanía como la única salida viable, el Frente Polisario insiste en la realización de un referéndum de independencia, fundamentado en los principios del derecho internacional y en las resoluciones previas del Consejo de Seguridad.

Para los observadores en México, este conflicto resuena con particular relevancia debido a la tradición de la política exterior mexicana. México ha mantenido históricamente una postura firme en favor de la libre determinación de los pueblos, reconociendo formalmente a la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Los movimientos diplomáticos actuales en Washington son seguidos de cerca por la cancillería mexicana, dado que cualquier cambio en el estatus del Sáhara Occidental impacta directamente en los equilibrios del sistema internacional y en los principios de soberanía que México defiende en foros como la Asamblea General de la ONU.

El desafío para la comunidad internacional radica en encontrar un punto medio que satisfaga las ambiciones geoestratégicas de Marruecos y los derechos nacionales del pueblo saharaui. Mientras Estados Unidos intenta acelerar un pacto para estabilizar el Magreb, la ONU insiste en que no se puede alcanzar una paz duradera si se ignora la voluntad de la población local. El éxito de esta nueva ofensiva diplomática dependerá de la capacidad de los mediadores para conciliar estas visiones opuestas en un acuerdo que garantice la seguridad regional.