Desde su irrupción masiva en el mapa político nacional, Morena ha logrado consolidar una hegemonía territorial sin precedentes en la historia reciente de México. No obstante, el ejercicio del poder ha comenzado a pasar factura. Un análisis reciente basado en la tipología de liderazgos estatales expone cómo ciertos perfiles, lejos de fortalecer el proyecto de la llamada Cuarta Transformación, están acelerando su deterioro en diversas entidades federativas.
El primer arquetipo identificado es el de los perfiles elegidos por lealtad sobre capacidad. Estos gobernadores, cuya principal virtud es su cercanía con el centro del poder político y la dirigencia nacional, suelen carecer de la experiencia técnica y operativa necesaria para gestionar administraciones estatales complejas. El resultado es una burocracia paralizada y una incapacidad para ejecutar políticas públicas efectivas, lo que genera un vacío de resultados que afecta directamente la vida cotidiana de los ciudadanos y la percepción del partido.
En segundo lugar se encuentra el perfil de los gobernadores provenientes del reciclaje político. Se trata de figuras que durante décadas militaron en los partidos de la oposición tradicional y que se sumaron a las filas de Morena atraídos por el pragmatismo electoral. Este grupo suele mantener vivas las prácticas del viejo régimen, como el clientelismo y la opacidad, provocando una profunda fractura con las bases fundadoras del movimiento, quienes ven en estos mandatarios una contradicción flagrante con los principios éticos de la organización.
El tercer grupo lo componen los gobernadores caracterizados por gestiones de escándalo y confrontación constante. Son liderazgos que, ante la falta de avances tangibles en áreas críticas como la seguridad pública o el crecimiento económico local, optan por una retórica de división o se ven envueltos en controversias personales que desgastan la institucionalidad. Esta dinámica erosiona sistemáticamente la marca partidista y debilita la confianza del electorado de cara a futuros procesos electorales.
El desafío para Morena radica en que estos modelos de gobernanza no son casos aislados, sino síntomas de un crecimiento tan acelerado que ha dejado de lado los filtros de calidad administrativa. La brecha entre la narrativa de transformación nacional y la realidad operativa en los estados se ha convertido en el principal flanco vulnerable de un movimiento que ahora debe demostrar que sabe gobernar con la misma eficacia con la que gana elecciones.


