La Fuente de las Tarascas se erige como uno de los símbolos más emblemáticos y fotografiados de Morelia, Michoacán. Ubicada estratégicamente en el encuentro de la Avenida Madero y el Acueducto, esta obra no es simplemente un adorno urbano, sino un profundo recordatorio del legado prehispánico que define la identidad del estado. Sin embargo, más allá de su estructura física, la historia y el significado de las figuras que la componen siguen despertando el interés de locales y visitantes por igual.
El conjunto escultórico representa a tres mujeres purépechas de la nobleza prehispánica, identificadas específicamente como las princesas Tzetzangari, Atzimba y Eréndira. Estas figuras, capturadas en un gesto de ofrenda y dignidad, sostienen sobre sus hombros una gran batea desbordante de frutos típicos de la región. Esta representación no es casual; simboliza la fertilidad de la tierra michoacana, la abundancia de sus recursos y la generosidad histórica de su gente hacia el mundo.
La elección de estas tres princesas para el monumento resalta la importancia de la mujer en la estructura social y política del antiguo imperio purépecha. Eréndira, por ejemplo, es recordada en la tradición histórica y legendaria como un símbolo de resistencia y valentía, mientras que Atzimba y Tzetzangari completan esta terna que encarna la nobleza de una cultura que nunca fue plenamente sometida por los aztecas. Al observar el monumento, se reconoce un homenaje a la linaje y a la fuerza de las raíces indígenas que aún laten en la sociedad contemporánea.
Históricamente, el término "Tarascas" ha tenido diversas interpretaciones desde la época de la Colonia, pero en la actualidad, el monumento ha logrado reapropiarse del concepto para convertirlo en un distintivo de orgullo regional. La fuente actual, que sustituyó a una versión previa, se ha consolidado como un punto de reunión y un testigo silencioso de las transformaciones de Morelia, ciudad declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad.
En conclusión, conocer la identidad de las mujeres representadas en la fuente —Tzetzangari, Atzimba y Eréndira— permite a los ciudadanos valorar la riqueza histórica que sostiene a la capital michoacana. La obra no solo marca un hito geográfico en la ciudad, sino que mantiene vigentes los nombres de aquellas que representan el alma y la herencia del pueblo purépecha en el México moderno.



