Jerusalén y Tel Aviv se encuentran sumergidas en un clima de incertidumbre que evoca los momentos más tensos de su historia reciente. En los últimos días, el ánimo nacional en Israel se ha fragmentado en una tríada de sentimientos: la ansiedad por el futuro inmediato, la resignación ante un ciclo de violencia que parece no tener fin y una tensa anticipación frente a lo que podría ser un cambio radical en la seguridad de la región. Esta situación se agudiza mientras el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, delibera sobre la posibilidad de ejecutar un ataque militar directo contra la República Islámica de Irán.
Para el público mexicano, es fundamental entender que Irán e Israel mantienen una rivalidad geopolítica profunda que ha definido la estabilidad del Medio Oriente por décadas. Irán es visto por el gobierno israelí como su principal amenaza existencial, principalmente debido a su programa de desarrollo nuclear y su influencia sobre grupos armados en países vecinos. La posibilidad de que este enfrentamiento, usualmente librado en las sombras, pase a ser una guerra abierta, mantiene al mundo en vilo.
La figura del presidente Donald Trump juega un papel determinante en esta ecuación de poder. Durante su gestión, el mandatario estadounidense ha endurecido significativamente su postura hacia Teherán. La noticia de que la Casa Blanca está considerando una ofensiva armada ha puesto en marcha no solo los mecanismos de defensa israelíes, sino también una reacción social compleja. A diferencia de crisis anteriores, el sentimiento de «resignación» que permea en la sociedad sugiere que una parte considerable de la población civil ya considera el conflicto como una consecuencia inevitable de las crecientes tensiones diplomáticas.
En las calles de las principales ciudades israelíes, la normalidad parece mantenerse en la superficie, pero los debates en los medios locales y las conversaciones cotidianas están saturados por la expectativa de una posible represalia iraní. El impacto de un conflicto de esta magnitud no se limitaría a las fronteras del Medio Oriente; para una economía como la de México, un estallido bélico en esta zona implicaría una volatilidad inmediata en los precios internacionales del petróleo y ajustes en los mercados financieros globales.
Por ahora, el Estado de Israel permanece a la espera. La nación, acostumbrada a vivir bajo la sombra constante de la guerra, observa atentamente cada movimiento proveniente de Washington, consciente de que cualquier decisión ejecutiva podría cambiar el destino de la región en cuestión de horas.


