Situada en el archipiélago de las Islas Vírgenes de Estados Unidos, Little St. James dejó de ser un simple punto en el mapa del Caribe para convertirse en el símbolo de uno de los escándalos más oscuros de la élite global en el siglo XXI. Adquirida por el financiero Jeffrey Epstein en 1998, esta propiedad de aproximadamente 30 hectáreas fue descrita por él mismo como su “lugar favorito” en el mundo, un refugio de lujo que, tras los muros de la exclusividad, ocultaba una realidad siniestra.
A lo largo de las investigaciones que siguieron al arresto y posterior muerte de Epstein en 2019, decenas de testimonios de sobrevivientes han señalado a la isla como el escenario principal donde se operaba una compleja red de tráfico y abuso sexual. Lo que ante los ojos del mundo era un oasis de descanso para figuras influyentes, para las víctimas representaba una prisión de lujo de la cual era prácticamente imposible escapar debido a su aislamiento geográfico y el control absoluto que el magnate ejercía sobre el transporte hacia el exterior.
El complejo contaba con una mansión principal, cabañas para invitados, una biblioteca, un cine y una estructura con cúpula dorada que durante años alimentó diversas teorías y especulaciones. Sin embargo, más allá de los mitos, los expedientes judiciales revelan que el verdadero propósito de la isla era facilitar un entorno de absoluta impunidad. En este recinto privado, se alega que Epstein y sus colaboradores cercanos orquestaron abusos contra mujeres jóvenes, muchas de ellas menores de edad, trasladadas en su avión privado, el infame 'Lolita Express'.
Para el lector en México, este caso resuena de manera particular al evidenciar cómo las estructuras de poder y el uso de paraísos fiscales en el Caribe pueden ser utilizados para blindar actividades ilícitas de gran escala, dificultando la acción de la justicia internacional. La opacidad que rodeó a Little St. James durante décadas subraya la vulnerabilidad de los sistemas legales ante el poder económico desmedido.
En la actualidad, tras la liquidación del patrimonio de Epstein, la isla fue vendida a inversores privados con el fin de transformarla en un complejo turístico, buscando borrar su oscuro pasado. No obstante, para las sobrevivientes y los investigadores, Little St. James permanecerá como un testimonio histórico de la depravación y de la incansable lucha por la justicia en contra de quienes se creían intocables.


