En una innovación que podría transformar radicalmente la experiencia del paciente oncológico y de quienes padecen enfermedades crónicas, un equipo de investigación del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) ha logrado un avance significativo en la administración de fármacos. El profesor Patrick Doyle y sus colegas han desarrollado un método para reformular los tratamientos de anticuerpos, permitiendo que estos sean inyectados con una jeringa estándar en lugar de requerir una vía intravenosa.

Actualmente, los tratamientos basados en anticuerpos, esenciales en la lucha contra diversos tipos de cáncer y enfermedades autoinmunes, presentan un desafío logístico considerable. Debido a su composición química y alta viscosidad, estas terapias deben administrarse generalmente por vía intravenosa. Para los pacientes, esto se traduce en visitas obligatorias a hospitales o centros especializados, donde deben permanecer conectados a un equipo de infusión durante varias horas. Esta dinámica no solo afecta la calidad de vida del enfermo, sino que también satura la infraestructura de los sistemas de salud pública.

El profesor Doyle, una figura prominente en el ámbito de la ingeniería química en el MIT —institución reconocida globalmente como la punta de lanza en innovación tecnológica—, explicó que el reto principal era la alta concentración necesaria de las proteínas. Hasta ahora, intentar inyectar estas concentraciones con una aguja común era casi imposible debido a la resistencia del líquido. Sin embargo, el equipo ha logrado un paso crucial hacia la reformulación de estas moléculas para que fluyan con facilidad a través de jeringas convencionales.

Para el contexto mexicano, esta noticia resulta de especial relevancia. En un sistema de salud donde instituciones como el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) o el Instituto Nacional de Cancerología (INCan) enfrentan una demanda constante de espacios para quimioterapias e inmunoterapias, la posibilidad de realizar aplicaciones subcutáneas rápidas podría descongestionar significativamente las salas de infusión. Además, abriría la puerta a que los pacientes en comunidades rurales o alejadas de las grandes capitales médicas puedan recibir sus dosis de manera más sencilla y menos costosa.

Aunque el desarrollo aún se encuentra en etapas de perfeccionamiento, el impacto potencial es innegable. La transición de una infusión de tres horas a una inyección de pocos minutos representa una democratización del acceso a la salud, permitiendo que el tratamiento se adapte a la vida del paciente y no al revés.