En un ambiente de alta tensión política dentro del Congreso de la Unión, las principales fuerzas de oposición —conformadas por el Partido Acción Nacional (PAN), el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y Movimiento Ciudadano (MC)— manifestaron su rechazo absoluto a la propuesta de reforma electoral en su estado actual. Los legisladores argumentaron que la iniciativa no solo presenta deficiencias técnicas, sino que ignora uno de los problemas más graves que acechan a la democracia mexicana: la intervención del crimen organizado en los procesos de elección popular.
La exigencia central de los bloques opositores es la implementación de sanciones drásticas y mecanismos de fiscalización inquebrantables para evitar el flujo de 'narcorecursos' en las campañas. Los voceros de estas bancadas señalaron que cualquier modificación al marco legal electoral debe contemplar protocolos de seguridad y blindaje financiero que impidan que grupos delictivos determinen el rumbo de las urnas mediante el financiamiento de candidatos o la coacción del voto. Según denunciaron, la reforma propuesta carece de dientes para enfrentar esta realidad que ha afectado diversas regiones del país en procesos electorales recientes.
Además de la preocupación por la seguridad, los representantes de la oposición alertaron sobre el uso de 'acordeones' o guías prefabricadas durante las deliberaciones legislativas. Esta denuncia sugiere que el proceso de discusión carece de la profundidad y autonomía necesaria, acusando que se están siguiendo consignas externas en lugar de un análisis técnico riguroso sobre las necesidades institucionales del sistema electoral. Para el PAN y MC, estas prácticas vulneran la transparencia y la legitimidad de las decisiones tomadas en el recinto legislativo.
Por su parte, el PRI enfatizó que no se puede avanzar en una reforma que pretenda modificar las estructuras de los órganos electorales sin antes garantizar un ambiente de paz y legalidad. El bloque opositor cerró filas bajo la premisa de que no se permitirán retrocesos en la autonomía de las instituciones electorales, condicionando cualquier diálogo futuro a la inclusión de medidas punitivas severas contra el financiamiento ilícito.
Este nuevo estancamiento en la Cámara de Diputados y el Senado refleja la profunda división política sobre cómo modernizar el sistema democrático en México. Mientras la mayoría oficialista busca cambios estructurales, la oposición ha puesto el dedo en la llaga sobre la seguridad y la fiscalización financiera como los ejes rectores que deberían guiar cualquier transformación legislativa de cara a las próximas elecciones.

