A medida que la guerra en Ucrania se prolonga y las presiones internacionales por una salida diplomática aumentan, la voz de la ciudadanía emerge como el obstáculo más firme ante cualquier intento de acuerdo que implique claudicaciones territoriales o morales. Los ucranianos de a pie, quienes han sido el motor de la resistencia desde el inicio de la invasión rusa, han dejado claro que la paz no es un concepto vacío que pueda comprarse a cualquier precio.
Para la sociedad civil, el esfuerzo de guerra no ha sido únicamente una labor del ejército regular. Desde los primeros días del conflicto, la población se movilizó de manera inédita: ciudadanos comunes se convirtieron en voluntarios, gestionaron cadenas de suministro de alimentos y medicinas, y transformaron la economía local para sostener la defensa nacional. Este protagonismo social ha generado un sentido de propiedad sobre el destino del país que los líderes políticos en la mesa de negociaciones no pueden ignorar.
En las calles de ciudades como Kyiv, Lviv o Járkov, el consenso es palpable: una paz sin justicia sería interpretada como una traición a los miles de caídos y a los millones de desplazados. Los ciudadanos demandan una "paz justa", término que en el contexto ucraniano actual implica la restauración de la integridad territorial, el regreso de los ciudadanos desplazados y la rendición de cuentas por los presuntos crímenes de guerra cometidos en su territorio. Para la población, no se trata solo de silenciar las armas, sino de asegurar que la agresión no sea recompensada.
Desde la perspectiva de México, este fenómeno resuena con los principios de autodeterminación y soberanía que históricamente han guiado la política exterior del país. Aunque la distancia geográfica es considerable, el impacto del conflicto en la economía global —particularmente en el costo de los energéticos y los insumos agrícolas— mantiene a la opinión pública mexicana atenta a una resolución que sea sostenible a largo plazo y no solo una tregua temporal que herede inestabilidad futura.
La postura de los civiles ucranianos plantea un desafío mayúsculo para la diplomacia internacional. Mientras algunas potencias sugieren concesiones para estabilizar los mercados y frenar la crisis humanitaria, el pueblo que ha puesto el cuerpo en el conflicto se niega a aceptar una paz impuesta. En última instancia, la resistencia ucraniana demuestra que, en la guerra moderna, la voluntad popular es un factor tan decisivo como el arsenal militar para determinar el fin de las hostilidades.



