A cuatro años del inicio de la invasión rusa a gran escala en territorio ucraniano, el panorama internacional observa con preocupación un conflicto que parece haber entrado en un ciclo de estancamiento profundo. A diferencia de los primeros meses de hostilidades, cuando el movimiento de tropas era constante y los cambios en el mapa eran diarios, hoy no existen señales claras que apunten a un desenlace próximo, ya sea mediante una victoria militar definitiva por alguno de los bandos o a través de una mesa de negociaciones que detenga el derramamiento de sangre.
En el terreno de combate, la situación es crítica. Las líneas del frente de batalla han permanecido prácticamente congeladas desde que Kiev logró recuperar una parte considerable de los territorios perdidos durante su exitosa contraofensiva en el otoño de 2022. Desde entonces, el conflicto ha derivado en una guerra de desgaste extenuante. Si bien las fuerzas rusas han registrado ciertos avances en meses recientes, estos se han obtenido a un costo humano y material extraordinariamente alto, lo que pone en duda la sostenibilidad de dicha estrategia a largo plazo sin comprometer seriamente sus capacidades internas.
Por el lado ucraniano, las grandes apuestas estratégicas para romper el cerco tampoco han rendido los frutos esperados. Las dos iniciativas de mayor peso impulsadas por el gobierno de Volodímir Zelenski —la contraofensiva lanzada en 2023 y la incursión en el óblast ruso de Kursk— han concluido sin lograr los objetivos territoriales o políticos necesarios para forzar una retirada rusa o una negociación favorable. Este escenario de parálisis militar ha generado un sentimiento de incertidumbre en las cancillerías de todo el mundo, incluyendo la de México, donde se observa cómo el conflicto continúa impactando la estabilidad geopolítica y los mercados globales.
La falta de voluntad política para entablar un diálogo serio entre las partes involucradas refuerza la narrativa de una «insensatez» prolongada. Mientras la diplomacia permanece ausente, el costo social y económico sigue escalando, dejando a Ucrania en una posición de vulnerabilidad y al sistema internacional en un estado de tensión permanente. Sin una ruta clara hacia la paz, el conflicto se encamina a convertirse en una herida abierta en la seguridad europea con consecuencias globales aún impredecibles.

