El Festival Internacional de Cine de Berlín, conocido mundialmente como la Berlinale, atraviesa uno de sus momentos más críticos. Lo que debería ser una celebración de la cinematografía global se ha transformado en un campo de batalla ideológico y administrativo, dejando a su nueva directora, Tricia Tuttle, en una posición sumamente vulnerable.

Para el público mexicano, la Berlinale no es un evento ajeno; es considerado uno de los tres festivales de cine más importantes del mundo, junto a Cannes y Venecia, y ha sido históricamente un escaparate vital para el talento nacional, donde directores como Lila Avilés o Alonso Ruizpalacios han obtenido reconocimiento internacional. Sin embargo, la edición actual se ve empañada por una disputa que trasciende las pantallas.

De acuerdo con reportes de Hollywood Reporter, la tensión ha escalado a niveles institucionales. Por un lado, diversos políticos alemanes han comenzado a pedir la salida de Tuttle, cuestionando su liderazgo y la dirección que ha tomado el festival. Por el otro, la comunidad cinematográfica ha reaccionado con rapidez: cientos de directores, productores y actores han firmado peticiones y manifestado su apoyo incondicional a la directora, argumentando que las presiones políticas ponen en riesgo la autonomía artística del evento.

Tricia Tuttle, quien anteriormente dirigió con éxito el Festival de Cine de Londres (BFI), llegó a Berlín con la promesa de renovar una institución que ha luchado por encontrar su identidad en la era post-pandemia. No obstante, se ha encontrado con un entorno polarizado donde las decisiones programáticas y las posturas políticas del festival son analizadas bajo lupa por el gobierno alemán, que aporta una parte significativa del presupuesto del certamen.

El peligro latente, según advierten los expertos de la industria, es que este ruido político termine por «ahogar» a las películas mismas. El debate sobre el control editorial y la influencia gubernamental está desviando la atención de la selección oficial, afectando la percepción de un festival que siempre se ha jactado de ser el más político y valiente de los grandes circuitos. Por ahora, el futuro de la gestión de Tuttle es incierto, mientras la Berlinale lucha por sobrevivir a su propia guerra interna.