CARACAS — Los pormenores sobre los últimos días de Nicolás Maduro al frente del gobierno venezolano han comenzado a emerger, revelando una serie de errores de cálculo que sellaron el destino del líder chavista. Según informes recientes publicados por NYT World, Maduro no solo sobreestimó su capacidad de resistencia interna, sino que también interpretó de manera errónea las señales diplomáticas y las amenazas directas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Durante las semanas críticas previas a su captura por fuerzas estadounidenses, el entorno de Maduro proyectaba una imagen de control total sobre las instituciones y las fuerzas armadas. Sin embargo, detrás de las puertas del Palacio de Miraflores, la realidad era muy distinta. El mandatario venezolano, quien asumió el poder en 2013 como sucesor de Hugo Chávez, confió excesivamente en que su estructura de seguridad nacional era inquebrantable, un factor que resultó ser su mayor debilidad ante la inteligencia extranjera.
Uno de los puntos de inflexión más significativos fue la comunicación —o la falta de ella— con la Casa Blanca. Los analistas señalan que Maduro leyó los intercambios con el mandatario estadounidense como una táctica de intimidación meramente retórica, ignorando que Washington estaba preparando un despliegue operativo de gran escala. Esta desconexión entre la percepción de Maduro y la realidad geopolítica dejó al líder venezolano vulnerable en un momento donde su margen de maniobra se reducía drásticamente.
Para México y el resto de América Latina, este suceso representa un cambio sísmico en el equilibrio de poder regional. Venezuela, país que posee las mayores reservas probadas de petróleo en el mundo, ha sido durante años el epicentro de una crisis humanitaria y migratoria que ha impactado directamente a nuestro país. El fin de la era de Maduro, tras más de dos décadas de hegemonía del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), abre un capítulo de incertidumbre sobre la estabilización de la región.
En sus últimos días como gobernante, Maduro se encontró aislado. Lo que el líder venezolano consideraba un juego de poder diplomático terminó siendo una emboscada estratégica. Su captura no solo marca el fin de su mandato, sino que subraya las consecuencias de una lectura fallida sobre la política exterior estadounidense en una de las etapas más tensas de la historia moderna de Sudamérica.


